Por Luciano Sanguinetti *
Los casos de “cibersuicidio” en Salta, como el de abuso de una menor en General Villegas, nos exigen una visión menos ingenua de lo que pasa en el ciberespacio. El grooming o el ciberbullying, como las tres horas diarias que los jóvenes y no tan jóvenes pasan frente a televisores y pantallas, no escapan tampoco a esta necesidad. Pero esta visión menos ingenua también la necesitamos en relación a los controles del Estado sobre las posiciones dominantes en la conectividad, como sobre los usos potenciales de las computadoras en los ámbitos escolares o así también para la oferta de contenidos de la nueva televisión digital terrestres.
En cierta forma todavía estamos anclados en el debate entre tecnofóbicos o tecnofílicos, entre modernistas o antimodernistas, entre tecnólogos o humanistas, casi en el mismo lugar en que Umberto Eco lo dejó hace más de cuarenta años entre apocalípticos e integrados. Como si no pudiéramos pasar de ahí, nos cuesta reconocernos como los “seres tecnológicos” que somos desde hace miles de años, cuando


