miércoles, 25 de junio de 2014

El fuerte y el nodo

Los jóvenes, la educación y la comunicación. Luciano Sanguinetti sostiene que debemos pensar la escuela más como “nodo” que como “fuerte”, un camino a recorrer para replantear la relación entre educación y medios. Florencia Saintout aporta nuevos elementos acerca del tratamiento que los medios les han dado a las demandas de los estudiantes secundarios.


Por Luciano Sanguinetti *
Los casos de “cibersuicidio” en Salta, como el de abuso de una menor en General Villegas, nos exigen una visión menos ingenua de lo que pasa en el ciberespacio. El grooming o el ciberbullying, como las tres horas diarias que los jóvenes y no tan jóvenes pasan frente a televisores y pantallas, no escapan tampoco a esta necesidad. Pero esta visión menos ingenua también la necesitamos en relación a los controles del Estado sobre las posiciones dominantes en la conectividad, como sobre los usos potenciales de las computadoras en los ámbitos escolares o así también para la oferta de contenidos de la nueva televisión digital terrestres.
En cierta forma todavía estamos anclados en el debate entre tecnofóbicos o tecnofílicos, entre modernistas o antimodernistas, entre tecnólogos o humanistas, casi en el mismo lugar en que Umberto Eco lo dejó hace más de cuarenta años entre apocalípticos e integrados. Como si no pudiéramos pasar de ahí, nos cuesta reconocernos como los “seres tecnológicos” que somos desde hace miles de años, cuando
inventamos el primer garrote, después la rueda, la imprenta o la radio. Scott Lash habla de formas tecnológicas de vida y nos recuerda que ese entorno es cada vez más complejo. Lo cierto es que tenemos por delante varios desafíos.
Uno, primero, esencial, urgente, desarrollar políticas públicas que nos enseñen a mirar, leer, comprender y criticar la evolución y las posibilidades de los medios y las tecnologías. Hay que educar a las audiencias y a los navegantes. Del negocio de las punto.com al negocio de las bases de datos de la web 2.0, todo debe ser un tema de la agenda pública en materia educativa. La ciudadanía tiene derechos que ejercer en el ciberespacio tanto como en la vía pública. Los jóvenes que se forman hoy para ser docentes trabajarán probablemente hasta el 2040. ¿Imaginamos para qué mundo los estamos formando? Piensen que entre la escritura y la imprenta pasaron 5000 años, entre la imprenta y el cine y la radio, 350, entre el cine y la radio y la televisión 50, entre la televisión e Internet, 35, entre Internet domiciliaria y la móvil 15. Es claro que los cambios tecnológicos se aceleran.
Dos, reconocer no ingenuamente al ciberespacio implica también que hay cuestiones en ese nuevo entorno que tienen que ver con el poder. Los bloggeros de diferentes espacios y compromisos políticos lo saben. Los monopolios mediáticos nacionales e internacionales también. Y de a poco los políticos y los docentes. Las imágenes no son inocentes, pero la ciudadanía, los consumidores, los internautas, todavía sí. Tengamos en cuenta que hasta hace pocos años quienes dirigían la transferencia y la adaptación al nuevo entorno eran las mismas empresas que vendían el producto. Un amigo siempre me dice: lo importante es la tecnología apropiada. ¿Para qué queremos las máquinas? A partir de eso veremos qué maquinas necesitamos. Si la intuición de Tim O’Reilly (creador del concepto de “la arquitectura de participación”) es correcta, es decir, la estructura ahora no está en el soporte técnico ni en el software, sino en las relaciones humanas que los usuarios construyen y sobre las cuales se monta el negocio, la educación y la conciencia crítica de los usuarios es todavía más importante.
Convengamos que, a pesar de haber perdido fuerza el modelo escolar que construyó el normalismo sigue vigente –y ese modelo concebía a la escuela como el primer eslabón de una estructura reticular centralizada–, cada escuela era en el imaginario positivista un fuerte, una avanzada de la civilización sobre el desierto. Y el desierto era (si no siempre literal) la incultura, la vida salvaje e improductiva. La escuela venía a representar ese primer paso. Dentro de este sistema, los docentes, sea en el nivel que fuere, nos concebíamos como los adelantados, iluministas, muy a nuestro pesar, dedicados a producir ese salto civilizatorio.
Creo que la red y las nuevas tecnologías golpean fuertemente ahí: en su estructura. Y en todo caso la escuela (o la educación quizá) sufre ese cimbronazo y parece tambalearse. Ya el concepto escalafonario, con circuitos terminales fijos, no tiene sustento. Las competencias que imaginábamos hace años que serían eternas sufren a las claras grandes cuestionamientos. Vemos todos los días que lo que enseñamos no alcanza o que todos los días aparecen cuestiones nuevas que no abarca ningún programa. La formación se concibe hoy como permanente y menos escolástica. Las propias fronteras de las disciplinas se vuelven porosas y la escuela ya no es el único espacio de distribución del conocimiento.
Sin duda es un mundo distinto. Sin duda la organización escolar rígida y centralizada no responde a las nuevas demandas y por efecto de estos cambios tecnológicos es claro que la escuela comienza a verse más como un nodo dentro de la red que como un punto terminal y definitivo. Contra todos los pronósticos más pesimistas, Jesús Martín Barbero ha dicho que los medios pueden ser una estrategia por la cual la escuela se reencuentre con su sociedad. Ahora bien, qué tipo de medios, qué tipo de tecnologías o quizá, mejor dicho, qué usos de los medios, qué usos de las tecnologías. Pensar la escuela como nodo más que como fuerte puede ser una interesante metáfora para replantear la relación entre escuela y medios, entre educación y ciudadanía, entre cultura moderna y cultura popular, entre tecnologías y comunicación. Porque finalmente: ¿cuántas veces la mirada instrumental sobre la educación y los medios que tenemos tiene muy poco que ver con las tecnologías y sí mucho que ver con la política?
* Docente e investigador. Facultad de Periodismo y Comunicación Social UNLP.

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